Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040
MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
http://habitat.aq.upm.es/boletin/n17/aivel.html
Isabel Velázquez
Madrid
(España), junio de 2001
En la primera convocatoria de este concurso internacional surgido a
iniciativa de Naciones Unidas con ocasión de la Cumbre de las Ciudades, el
Comité Hábitat español cometió una errata deliberada traduciendo el Premio de
Mejores Prácticas Urbanas (Best Practices Award) por un más humilde Concurso de
Buenas Prácticas. Este intencionado error de traducción, fiel al conocido dicho
de «traduttore-tradittore», refleja el concepto preciso que el Comité Hábitat
quería imprimir a la selección de experiencias urbanas innovadoras que empezaban
a producirse en las ciudades españolas. En este año 2000 retomamos la tarea de
seleccionar experiencias urbanas notables dentro del panorama español desde el
mismo planteamiento de evitar el superlativo, e incluso en algún grado el
comparativo, para no caer en el concepto banal de Buena Práctica como modelo
indiscutible que puede replicarse en otras ciudades sin apenas cambios.
La alternativa es apoyar y ensalzar aquellas intervenciones que reflejan un
deseado proceso de «cambio de lógica» que poco a poco empieza a cuajar en la
práctica de la gestión urbana de la administración local. Cambio de lógica que
considera el medio ambiente como un elemento transversal que debe impregnar la
solución a cualquier problema urbano. O que valora la participación y
colaboración de las numerosas organizaciones e instituciones que actúan en la
ciudad, como la espina dorsal de una sociedad civil que ha de jugar un papel
cada vez más relevante en la sociedad, incluyendo la implicación de la
ciudadanía tanto en sus grupos organizados como en los no organizados. Cambio de
perspectiva que parte de la percepción de la crisis urbanística que afecta a las
ciudades, en sus diversas facetas, ya hablemos de crisis ambiental, de
congestión, de exclusión y dualidad social, de falta de vitalidad económica, de
sus secuelas en problemas como el alto desempleo de sus habitantes, etc. Este
nuevo paradigma exige un cambio de rumbo en la administración de las ciudades
que debe traducirse en planteamientos más integrados para hacer frente a los
problemas urbanos, en nuevas formas de gestión, legislación y reglamentación de
acuerdo con estos nuevos enfoques, en una distribución de fondos económicos
según estas nuevas pautas, en la profundización en el conocimiento de las
tendencias de dichos problemas y en la evaluación y seguimiento de las posibles
intervenciones que se plantean.
Esta ha sido, en resumen, la filosofía de base a la hora de participar en
este jurado de preselección de Buenas Prácticas urbanas en el año 2000. El
comentario que sigue se refiere en concreto a los apartados de Gestión
Sostenible de los Recursos Naturales y Ciudad y Entorno Natural, si bien la
selección de experiencias destacables se ha realizado consensuadamente en el
equipo de evaluación.
Se ha evaluado también alguna experiencia en un
tercer apartado: proyectos que resuelvan con inteligencia procesos para
evidenciar que la ciudad quiere superar las desigualdades de género. Este tema
ha sido objeto de muy pocas candidaturas en esta convocatoria, corroborando la
importancia menor que las políticas urbanas hacia la igualdad tienen a los ojos
no sólo de los responsables municipales, sino de la mayoría de las
organizaciones que presentan iniciativas. En otros proyectos europeos, como los
programas Urban o proyectos financiados por los Fondos Estructurales, en que las
bases incitan a incluir acciones concretas en este camino hacia la igualdad, los
proyectos españoles también suelen olvidar o tratar con poca convicción los
vectores de igualdad. En conclusión, parece ser necesario un trabajo previo de
situar en la agenda de los responsables políticos o cívicos la importancia del
tema.
Lo primero es destacar que, en esta convocatoria, se percibe una mayor
comprensión de los problemas urbanos desde la perspectiva del medio ambiente. En
el anteriormente mencionado primer concurso, la novedad del tema o el despiste
de algunos responsables municipales llevó a presentar algunas experiencias que
no sólo no tenían aspectos claramente destacables desde este punto de vista,
sino que podían engrosar la abultada lista de malas prácticas que todos
conocemos. En esta convocatoria, la mayoría de los proyectos urbanos
corresponden a intervenciones destacables en alguno de sus aspectos, si bien la
concisión de las propuestas crea una cierta incertidumbre sobre la integridad de
la intervención. De los 33 casos estudiados en los dos apartados mencionados, a
través de la escueta ficha presentada por sus responsables, ha sido posible
seleccionar un tercio como posibles Buenas Prácticas.
El resto de las experiencias relatadas presentaba demasiados interrogantes
sobre alguna de las tres condiciones explícitamente mencionadas en la
convocatoria de Naciones Unidas: impacto real, participación y sostenibilidad a
largo plazo. Algunos casos adolecían de falta de características innovadoras o
destacables, a pesar de ser proyectos muy correctos: véanse por ejemplo casos de
puesta en marcha de una cierta selección en la recogida de residuos; o de ayudas
para la instalación de energías renovables; o bien, la protección de un paraje
natural o la realización de campañas de educación ambiental. Otras propuestas
exponían actividades comunes de la gestión municipal, sin describir ninguna
iniciativa destacable en medio ambiente urbano: sustitución de las redes de
infraestructuras urbanas, reparación de calles, limpieza de fachadas, etc.
Las once prácticas seleccionadas no se pueden considerar panaceas
universales. Si así fuera, entraríamos en clara contradicción con los principios
mismos de la sostenibilidad. Considerando la ciudad como un ecosistema en el que
todos sus problemas, y por tanto, las soluciones, están claramente relacionados
en una visión sistémica de la realidad, llegamos a la conclusión de que cada
urbe es un ecosistema característico con una estructura, una forma, unos usos y
un metabolismo propio situada en un lugar y un clima únicos. Las buenas
soluciones deben ser coherentes con estas características de cada medio urbano,
aprovechando las potencialidades de un medio ambiente, de una cultura y de una
población que ya existe, en vez de actuar de espaldas a su contexto.
Las experiencias destacadas lo han sido porque logran buenos modelos de
intervención en relación con las circunstancias concretas de la ciudad en la que
se ha llevado a cabo. En todas ellas seguramente se podrían criticar algunos
aspectos en los que la gestión ha sido menos acertada. Pero de su empuje y del
hecho de que se hayan podido llevar a cabo, se pueden sacar unas pautas de
actuación sugerentes para abordar la problemática de otras ciudades con
trayectorias parecidas.
Una duda que surge a la hora de filtrar las prácticas seleccionadas es el
doble carácter que se persigue con sus resultados: por una parte, parece
coherente destacar las experiencias que hayan conseguido buenos resultados en el
tratamiento de los problemas que afectan en mayor grado a las ciudades
españolas. Pero, al tiempo, la selección de casos tiene que ofrecer un buen
perfil a nivel internacional, ya que son estas experiencias las que tienen que
competir con el resto de las buenas prácticas internacionales. Por tanto, hay
que intentar nadar entre estas dos aguas y, al tiempo, no dejar en dique seco a
ninguna experiencia que contenga aportaciones positivas, aunque el conjunto de
la práctica tenga puntos débiles o líneas de acción que no hayan sido totalmente
fructíferos: fallos normales en el desarrollo de un proyecto complejo, como son
todos los proyectos urbanos.
En esta convocatoria, una de las prácticas perteneciente al apartado de
Ciudad y Entorno Natural: el proyecto de Vías Verdes de la
Fundación de Ferrocarriles Españoles, ha obtenido uno de los Premios
internacionales en el Concurso. El Parque Oliver, una
experiencia de participación en el diseño de un parque urbano jugó su baza hasta
el último momento entre las finalistas. El Anillo Verde de
Vitoria, junto con la experiencia pamplonica de participación de las
asociaciones de mujeres en el diseño del Plan Comarcal de Transporte, se han
integrado también en la serie de las 100 Mejores Prácticas internacionales.
Por otra parte, los ejemplos destacados por cumplir las condiciones previas
de Naciones Unidas presentan una gran diversidad: desde proyectos muy complejos
que se componen de una serie de planes sectoriales y fases en el tiempo, por
ejemplo un Plan de Ciudad o una Agenda 21 hasta medidas muy concretas para
solucionar un problema existente; desde un Plan Nacional apoyado por una
institución nacional como es Renfe, como es el de Vías Verdes, hasta un proyecto
de calefacción por
biomasa o un plan
de diseño participado de un parque en Zaragoza. En general se han primado
los proyectos que, a cada escala, consiguen un planteamiento integrado del
objeto del proyecto. Pero resulta complejo aplicar la misma vara de medir a
intervenciones muy ambiciosas, que movilizan instituciones potentes, con fuerte
apoyo económico y a proyectos más humildes que, a iniciativa muchas veces de la
propia población, consiguen poner en marcha con dificultad medidas que casi
pueden pasar desapercibidas si no fuera porque implican un cambio de
planteamientos que empieza a romper la inercia de los modos de actuar en la
ciudad.
También el ámbito territorial en el que se ubican las experiencias es muy
diverso: en este caso las prácticas abarcan desde intervenciones en ciudades
pequeñas, casi pueblos, como son Cuéllar, Allariz o Moraleja hasta
proyectos en ciudades pertenecientes a las principales áreas metropolitanas como
Santa Coloma de
Gramenet, Alcobendas o San Fernando de
Henares. Las ciudades medias también presentan sus iniciativas como Sarriguren en Pamplona
o el Anillo Verde de
Vitoria. Tal diversidad de escalas es interesante en el aspecto de fomentar
un menú amplio de Buenas Prácticas que pueda servir de referencia a la gama
diversa de ciudades que existen en el territorio español.
En resumen, las prácticas seleccionadas son buenos proyectos, adecuados a
cada ciudad en concreto, con un alto grado de realización, con la garantía de
aquiescencia por parte de la ciudadanía que supone que, en su realización, han
colaborado varias organizaciones e instituciones y, por fin, que hayan creado
una trayectoria y unas estructuras que permiten que las soluciones sean
duraderas en el tiempo. Se han intentado evitar las soluciones puntuales o
parciales, a pie de crisis, que generan más problemas en su realización de los
que aciertan a solucionar. En la medida de lo posible, los proyectos elegidos se
han intentado seleccionar entre las aportaciones más radicales, en el sentido
literal del término, de ir a la raíz de los problemas, frente a planteamientos
que reaccionan únicamente a los síntomas de estos mismos problemas. Es decir,
retomando los conceptos definidos en el Catálogo de Buenas Prácticas de 1996,
buenas experiencias en el sentido de la sostenibilidad fuerte o
global [Naredo y Rueda , 1996] frente a la llamada
sostenibilidad débil o local, evitando soluciones de maquillaje que no entran en
el fondo de los problemas. Y aunque no hay criterios exactos para definir
totalmente qué es una buena práctica y no existen ejemplos indiscutibles, sí
existen unos principios que han guiado el sentido común y la coherencia en la
selección de casos a destacar.
Entendiendo la gestión de recursos naturales por parte de la ciudad en
sentido amplio, los temas de las prácticas presentadas se refieren sobre todo a
aspectos de metabolismo urbano, incluyendo tanto recursos como residuos (o
recursos mal ubicados o tratados). El criterio de selección ha sido destacar las
experiencias que van en el camino de recuperar los ciclos naturales en el
consumo de recursos urbanos. En los sistemas naturales, se busca siempre el
menor consumo de energía, materiales y recursos escasos para cumplir las
funciones necesarias en los sistemas que perduran. Los residuos se transforman
en recursos que se incorporan a otra fase del ciclo.
Nuestras ciudades son ejemplos de lo contrario: consumen ingentes cantidades
de recursos (agua, energía proveniente de fuentes no renovables, materiales de
construcción, alimentos, etc.) que se convierten tras su paso por la ciudad en
residuos difícilmente recuperables que contaminan el entorno (residuos urbanos
sin recogida selectiva, aguas contaminadas...). La propia dinámica urbana y sus
formas de desplazamiento asociadas devoran grandes cantidades de suelo
productivo. Las expectativas de urbanización en su entorno generan efectos
perversos contribuyendo al abandono de zonas agrícolas y a la desertificación y
deterioro de suelos valiosos. Las zonas de mayor valor ecológico se destinan a
menudo a implantaciones industriales o residenciales que debieran ubicarse en
áreas estériles o de ínfimo valor ecológico.
Las ciudades en su funcionamiento actual se comportan de espaldas a los
ciclos naturales, pero dichos ciclos les influyen y, lo que es peor, la vida de
las ciudades impacta muy negativamente en el medio natural, a todas las escalas,
tanto la regional como la global. La ciudad recibe agua, energía y materiales
que, utilizados en forma de bienes y servicios para sus habitantes, se degradan
en forma de residuos y emisiones irrecuperables para integrar de nuevo los
ciclos naturales. Cualquier proyecto que se quiera considerar sostenible debería
romper esta inercia en el sentido de ahorrar recursos, o utilizarlos más
eficazmente al menos y, por supuesto evitar la generación de residuos
irrecuperables. Ello supone introducir pautas de vida y de consumo distintas a
las actuales, que generen dinámicas positivas en los procesos de contaminación y
de explotación de los recursos naturales. Y actuar con el objetivo de que la
dinámica urbana retome una pauta más parecida a los procesos de la
naturaleza.
Existen abundantes textos que profundizan en estas nuevas pautas para salir
del creciente deterioro que ya afecta a la calidad de vida ciudadana. Pero uno
de los enunciados más claros y sintéticos, en forma de mandamientos, son los
criterios elaborados por Herman Daly, para caminar hacia una sociedad
ecológicamente sostenible:
En este apartado, las prácticas presentadas no han sido numerosas, aunque sí
representativas. La mayoría responde en algún aspecto a esta filosofía de ahorro
de recursos y recuperación de los ciclos de sostenibilidad. Algunos
planteamientos coherentes han sido desestimados, porque deberían estar ya
asumidos por la mayoría de los municipios, como la introducción de la recogida
selectiva de residuos, que ya aparece en las directivas europeas y en la
legislación española; o sistemas de almacenamiento o tratamiento de residuos
urbanos, como instalaciones enterradas o similares que no parecen aportar un
planteamiento innovador.
Merece un comentario el hecho de que la gestión sostenible del agua cuenta
con una única aportación destacable: el caso de Alcobendas que reúne
una experiencia de reutilización de aguas depuradas y preservación de los
acuíferos junto a una amplia campaña de educación y difusión de la cultura del
ahorro del agua. La Casa del Agua de esta localidad madrileña ejerce una
continuada labor de apoyo al cambio en la cultura del agua, con iniciativas como
concursos técnicos para introducir medidas de ahorro de agua en el medio
construido y la organización de una serie de actividades de discusión y difusión
de nuevos planteamientos relacionados con el ciclo del agua urbana. No surge en
la España seca ninguna otra experiencia en este sentido, a pesar del debate
sobre este tema que el Plan Hidrológico viene planteando en la opinión pública y
de la importancia de este recurso escaso y amenazado en nuestro entorno.
La innovación en materia de uso de energía aparece en esta convocatoria en la
recuperación de una forma tradicional de utilización de recursos forestales para
usos de calefacción: en Cuéllar la
colaboración de la Universidad, de centros de investigación estatales y del
ayuntamiento ha permitido una renovación de los antiguos modos de gestión del
bosque en relación a las necesidades urbanas. La calefacción colectiva basada en
el uso de biomasa de los amplios bosques comunales garantiza una gestión
adecuada del bosque, el mantenimiento de la propiedad comunitaria y conseguir
una buena calidad de vida en tiempo frío para la mayoría de los vecinos.
Un último ejemplo de gestión sostenible de recursos y residuos es el proceso
integrado de gestión que se ha puesto en marcha mediante el proyecto Ecocampus en la
Universidad Autónoma de Madrid. Desde 1992, se ha iniciado un camino que ya
cuenta con una mínima estructura estable y que, paso a paso, ha ido incidiendo
en cómo adaptar el funcionamiento cotidiano de una ciudad universitaria al nuevo
paradigma de sostenibilidad. Además de proponer una metodología integrada y
compleja, ésta se ha ido traduciendo en una serie de medidas que pueden resultar
interesantes por su ejemplaridad. Por ejemplo, la inclusión de condiciones de
coherencia ambiental y ahorro en el consumo, en los pliegos de contratación de
todas las empresas de servicios o suministradoras que interactúan con la
Universidad. El proceso tiene una fuerte componente participativa, buscando el
consenso entre los diferentes sectores universitarios, y unas medidas de
acompañamiento basadas en campañas de información y concienciación. La
coherencia de esta experiencia debería permitir que su ejemplo se aplicase sin
problemas en otros centros universitarios.
A modo de balance, habría que hablar de la no existencia de proyectos
relacionados con la eliminación de contaminación en ninguna de sus formas. No
hay ningún proyecto relacionado con el ruido, a pesar de la situación crítica
que se sufre en muchas ciudades españolas respecto de la contaminación acústica.
Tampoco aparecen experiencias que incidan en la eliminación de vertidos o
proyectos relacionados con la calidad del aire. Ni siquiera los objetivos de
reducción del CO2, que debieran ser objeto de medidas concretas,
según indican los compromisos de la Cumbre de Kioto, aparecen reseñados en
ninguno de los proyectos urbanos de esta convocatoria.
Como ejemplo de proyectos de demostración que intentan aunar todos los temas
relevantes del metabolismo urbano, podemos hablar de los proyectos de ecociudad
que se están desarrollando en Navarra. Las propuestas de diseño de nuevos
barrios o áreas urbanas desde un planteamiento sostenible, como son las
ecociudades de Zolina y Sarriguren incluyen un
planteamiento integrado que tiene en cuenta el futuro consumo de agua, energía,
la gestión de residuos, el planteamiento de la movilidad en el nuevo barrio,
etc. Adolecen de un planteamiento de crear ciudad nueva, frente a otros
proyectos de rehabilitación ecológica, mucho más coherentes desde un
planteamiento de sostenibilidad.
En este apartado se encuadran la mayoría de los casos analizados. Se pueden
distinguir tres grupos de proyectos:
En el primer grupo de proyectos, los que se refieren a la creación de parques
o zonas verdes urbanas, hay que destacar el cambio de filosofía que supone la
participación de los futuros usuarios de la zona diseñada en la concepción del
parque. Dos ejemplos siguen la traza de parques presentados en anteriores
convocatorias (Parque
Miraflores en Sevilla). En el concurso del 2000 aparecen el Parque Oliver en
Zaragoza, que presenta un amplio proceso de participación y comunicación y
el Parque Enciclopédico «El Pasatiempo» de Betanzos que recupera un antiguo
jardín privado para la ciudad mediante un proceso de animación cultural y
formativa importante. El primero es un buen ejemplo de colaboración entre las
instituciones y la ciudadanía: una coordinadora en la que participan más de 15
entidades y colectivos sociales del barrio generó la idea de parque y continúa
implicada actualmente en su gestión. La diversidad de actividades y usos a los
que el parque da respuesta está directamente relacionada con la implicación de
la sociedad civil del barrio periférico en el que se sitúa.
Estos espacios públicos abiertos se diseñan desde un planteamiento mucho más
rico que las tradicionales zonas verdes, como centros de actividad social para
todo un barrio. Sin embargo, no aparecen en sus presentaciones elementos de
innovación en el sentido de buscar la sostenibilidad en el propio diseño del
parque: selección de especies ahorradoras de agua, predominio de especies
autóctonas o adaptadas al clima, xerojardinería, diseño de modo que el confort
ambiental sea máximo y la conservación mínima. El énfasis se sigue situando en
el tamaño del parque, antes que en la forma de intervenir en esa superficie, y
si es adecuado ese tratamiento con respecto a las condiciones meteorológicas y
de uso del parque creado.
Alguno de los proyectos presentados, como es el caso del Programa Regional de
Espacios Públicos emprendido por la Junta de Andalucía, es una iniciativa
interesante de concertación entre administraciones, que podría ser un marco
idóneo para introducir proyectos innovadores en cuanto a la coherencia ambiental
en la intervención en esos espacios públicos y la creación de mecanismos
eficaces de participación que permitieran a los responsables de los proyectos
introducir las demandas de los diversos grupos de ciudadanos.
Tratamiento de los cursos fluviales y otros elementos naturales que han
permanecido en el interior de la ciudad
En este apartado se vislumbra una cierta esperanza de cambio en los
planteamientos municipales. Hace algunos años, la opción mayoritariamente
aceptada por las autoridades locales y por la mayoría de la población era
desviar el curso de agua que atravesaba la ciudad, entubarlo y enterrarlo o en
el mejor de los casos, utilizar sus riberas para situar unas vías rápidas que
recorriesen la ciudad. El nivel de contaminación de los cursos superficiales de
agua parecía un problema irresoluble y las consecuencias de dicha suciedad
creciente hacía desaparecer las posibilidades de las zonas de ribera urbana como
espacios de especial valor para el uso y disfrute de sus ciudadanos.
En los últimos tiempos, la política de depuración y de control de vertidos ha
empezado a dar sus frutos. Los ríos empiezan a recuperar su imagen paisajística
y su entidad como elementos naturales, en contraste con los cauces de
contaminación líquida que habían llegado a ser. Existe un enorme potencial en
los ríos y zonas húmedas urbanas para la creación de espacios verdes de gran
calidad y fácil mantenimiento si se aprovecha la diversidad biológica de su
ecosistema.
En este tema hay que destacar el proyecto de Recuperación del cauce
bajo del río Besós, presentado por el ayuntamiento de Santa Coloma de
Gramenet. El corredor de riqueza natural que la conservación del río hace
posible en una zona tan densamente poblada y tan caóticamente urbanizada como es
la periferia metropolitana de Barcelona, impactará positivamente en la calidad
de vida de toda la zona. El proyecto combina medidas de mejora de la
biodiversidad en el río y la vega no ocupada, con control de la calidad del agua
y de las avenidas, con acciones para favorecer su accesibilidad y creación de un
nuevo espacio público para el ocio de los ciudadanos compatible con la
protección del medio ambiente. En su concepción y construcción han participado
amplios sectores de la sociedad, desde las organizaciones reivindicativas hasta
la Universidad y los técnicos de instituciones públicas. La iniciativa recogida
por el ayuntamiento procede de antiguas reivindicaciones de asociaciones
vecinales, que impulsaron inicialmente el proyecto. El entramado de asociaciones
y colectivos trabajando conjuntamente con el consorcio supramunicipal se ha
recuperado para otros proyectos posteriores como es el programa Urban. Esperamos
que el nuevo proyecto Urban, que está empezando a poner en marcha el municipio
colindante de Sant Adriá del Besós, retome el proyecto de revitalización del río
en el último tramo del Besós, ya en su llegada al mar.
Una experiencia semejante podría ser el proyecto de Parque Fluvial en
Pamplona, que recupera el río como elemento paisajístico y natural de
importancia, diseña espacios para el uso público y aprovecha el proyecto para
recualificar algunos de los barrios periféricos de esta ciudad, que el nuevo
planeamiento incorpora al continuo urbano. Es una pena que el modo de plantear y
llevar a cabo el proyecto, según la información recibida, no incorpore la
participación de la ciudadanía y sus organizaciones, con lo que no cumple una de
las condiciones más valoradas en este concurso. Otro ejemplo destacado es el
proyecto de recuperación del río a su paso por la villa extremeña de Moraleja. Un buen
ejemplo de la misma política de armonización del crecimiento urbano con la
naturaleza, esta vez a pequeña escala.
Proyectos de anillos verdes, zonas naturales en la periferia de la ciudad
y grandes zonas de transición hacia la naturaleza, con uso público.
Por último, el tratamiento de la transición entre lo urbano y las zonas
naturales presenta algunas propuestas interesantes en esta convocatoria. El
problema del periurbano, sede de las expectativas de crecimiento de unas
ciudades a las que no prevén límites y que tienden a expandirse en todo aquel
suelo que se sitúa a su alrededor, empieza a tomar importancia para algunos
ayuntamientos pioneros.
La primera experiencia a destacar en este sentido es el Anillo Verde de
Vitoria. Esta práctica es resultado de la puesta en práctica de las acciones
planteadas por la Agenda 21 vitoriana. El proyecto recoge la creación de una
serie de parques periurbanos ubicados sobre zonas de especial interés natural,
en una suerte de anillo que proteja la calidad del medio ambiente urbano de la
ciudad y sirva de base a un uso de ocio y disfrute de la naturaleza, muy
accesible desde el centro de la ciudad y colindante a sus barrios periféricos.
La forma de intervención parte del conocimiento de lo existente, del respeto de
sus principales elementos y de la conservación de la biodiversidad como objetivo
irrenunciable. El proyecto incluye un proceso de colaboración con otras
entidades públicas y ciudadanas. Como parte de la Agenda 21 de Vitoria, tiene
establecido un sistema de evaluación a posteriori del impacto de la actuación,
que no es práctica generalizada en los proyectos españoles.
Otra experiencia relacionada con el tratamiento del espacio periurbano tiene
su origen en la prevención de accidentes naturales. El ayuntamiento de San Fernando de
Henares ha enfrentado los problemas que periódicamente surgían con la
inundación de las vegas del Torote, ocupadas por asentamientos ilegales,
replantando los perdidos sotos de la Guindalera. La recuperación de los sotos se
plantea en paralelo a la búsqueda de soluciones de alojamiento para la población
afectada por la riada. Es interesante destacar que este tipo de intervención
conjuga una mejora del medio ambiente junto con la solución definitiva a
problemas crónicos en nuestro país: la edificación en zonas inundables fruto de
una incomprensible laxitud en el control urbanístico. No hace falta recordar
catástrofes recientes fruto de esta irresponsabilidad.
Otro caso destacado en este tema es el presentado por el municipio de Allariz, que ya en el
primer concurso presentó varias realizaciones de un proceso de gestión urbana
modélico (ver
práctica) y que ahora retoma el concurso para mostrar sus últimos proyectos.
En este caso, también se trata de un proyecto radical: se aborda la gestión del
territorio municipal poniendo las medidas para mejorar y hacer competitiva la
explotación silvo-ganadera. Las acciones emprendidas comprenden medidas
innovadoras de formación de los futuros responsables de la conservación,
investigación en nuevos productos, comercialización y aprovechamiento de
recursos. La diversificación de usos es uno de los ejes de la propuesta. El
proyecto se realiza en colaboración con la Universidad y otras entidades,
garantizando la implicación de la población y la solvencia técnica de las
propuestas.
El proyecto de Vías
Verdes, elaborado por la Fundación de Ferrocarriles Españoles, ha sido una
de las experiencias premiadas por el jurado internacional de este año. Es un
proyecto maduro, iniciado en 1996, que ya cuenta con una importante red de más
de 800 km. de caminos para paseantes y ciclistas. La idea inicial fue aprovechar
la reestructuración de la red ferroviaria española que dejaba fuera de uso
muchos corredores ferroviarios para plantear utilizaciones alternativas de este
patrimonio que evitara su abandono. De este modo se podría contar en un tiempo
récord con un mapa de caminos seguros para el caminante o el ciclista que, a
diferencia de otros países europeos, no existía aún en España. La creación de
esta red ha implicado a gran número de instituciones y ONGs. El proyecto ha
tenido una buena proyección internacional, que se ha concretado en la
constitución de la Asociación Europea de Vías Verdes.
A pesar de la satisfacción que produce observar los movimientos positivos de
la administración local fundamentalmente en la manera de abordar los problemas
urbanos, un aspecto de la actual situación produce inquietud. El principal
instrumento diseñado internacionalmente en la Cumbre de Río para enfrentar los
problemas de la sostenibilidad urbana, la Agenda 21, lentamente está
difundiéndose en las autonomías. En algunas de ellas como Cataluña, Euskadi o
Navarra, empiezan a ser escasos los municipios con un peso poblacional
importante que no tienen en curso un proceso de Agenda 21. En el resto de las
regiones, son muchas las ciudades que han iniciado la Agenda. Sin embargo, salvo
alguna notable excepción, no se detecta una serie creciente de acciones en favor
del medio ambiente que invada la gestión municipal. Da la impresión de que la
Agenda 21 como procedimiento ha perdido su capacidad de incidir realmente en la
realidad y que se ha transformado en un instrumento de mera reflexión, sin
impacto alguno en el modo de gestión urbana que sigue reflejando las inercias de
todos conocidas. Otro tanto se podría decir de otros instrumentos como el ISO
14001, que en algún caso, se presenta como Buena Práctica, cuando lo coherente
sería presentar los resultados de su aplicación a la gestión municipal. La
mayoría de las experiencias destacadas siguen teniendo su origen, bien en crisis
o catástrofes que invitan a la reacción, bien en iniciativas vecinales o
ecologistas, recuperadas por la administración municipal tras años de
reivindicación. Es muy interesante este proceso de asunción de las ideas de los
ciudadanos por parte de las administraciones. Esperamos que, en sucesivas
convocatorias, estos procesos generalizados de participación empiecen a dar
fruto en la realización de muchas de las propuestas que aún están sobre el papel
y se establezcan marcos de colaboración duraderos y tranquilos que permitan ir
incorporando los deseos y necesidades de la ciudadanía, para la que el medio
ambiente y la protección de la naturaleza es una preocupación prioritaria, según
reflejan todas las encuestas de opinión.
Fecha de referencia: 21 de noviembre de 2001
Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040
MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Actualizado: 17 12 2001